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Larga vida a la gambeta


Larga vida a la gambeta. 

¿Que tienen en común Erico, De la Mata, Sastre, Grillo, Bernao, Bochini? La respuesta es sencilla, y no es que los seis defendieron la camiseta del CA Independiente, sino algo que los caracterizaba, que los hacia diferentes, algo tan necesario para el fútbol como un arquero o el gol mismo, y, lamentablemente, casi en extinción. Si, nada mas que la gambeta, la máxima expresión de habilidad adentro de una cancha, la que te permite sacarte un rival de encima, y de la misma forma, hacerlo con otro, y con otro. Creando espacios donde no los había, amontonando rivales, dejando compañeros libres. Limpiando la cancha. Haciendo saltar de fascinación al publico.

¿Y en que otro esquema podría encajar mejor esta habilidad que no fuera en equipos ofensivos, donde prima el juego antes que el "sacrificio", la elegancia antes tozudez. La alegría del merecimiento antes que el éxito por el éxito? ¿En que otro estilo de juego encajaría mejor que en el estilo de juego de Los Diablos Rojos? Por eso, tampoco se esta muy errado cuando se dice que esos seis futbolistas tienen en común haber vestido la camiseta roja. Por que si lograron ser ídolos en uno de los equipos mas gloriosos del mundo, es por algo, por que se lo ganaron a flor de piel, por que su estilo se acoplo al estilo que la historia del club demanda, representando todo lo que tiene que representar un profesional vestido con camiseta roja: El Paladar Negro. Y su aporte fue la gambeta.

A continuación un homenaje a la gambeta ¿Y quienes están mas capacitados para homenajear que sus mismos exponentes ya mencionados anteriormente?

Arsenio Erico


Seguramente el mejor jugador de la historia del club, lo único seguro es que es el máximo goleador.
Supo brillar por luz propia en un equipo plagado de magia, de figuras -De la Mata, Sastre, entre otros-  
Pero si esta en este especial es que no solo lo caracterizaba sus goles, sino que tenia todo un arsenal, todas las herramientas para el objetivo final que era, claramente, el gol. Y una de esas armas era la gambeta.

“Tenía todo: gambeta, velocidad, tiro, gol (...) Parecía de mimbre. Un hombre de goma. Manejando, tocando la pelota con las dos piernas, gambeteaba siempre hacia adelante, en profundidad."

Raúl Molina: El Hombre de Mimbre - Entrevista al Gran Arsenio Erico


"En la actualidad se entrenan como atletas no como futbolistas. Corren y corren. ¿Están mejor físicamente? ¡No! Si al fútbol no se juega físicamente, se juega corriendo, pero corriendo no se juega… El que juega quiere jugar y nada más. El fundamento del fútbol, lo principal, es el dominio de la pelota, y con ese dominio, la presencia del gambeteador que limpia la cancha. Ahora dicen que gambetear es un defecto"
Arsenio Erico - El Gardel del Fútbol 

 "Claro que gambeteo. Es para abrirme paso y así poder darle al hincha el gol que es lo que espera y más le gusta"

Arsenio Erico

 Vicente De la Mata


"Ha sido uno de los más grandes gambeteadores del fútbol argentino" Escribía la revista El Gráfico anunciando su retiro de Independiente, y mira que habrá sido su especialidad la gambeta, la técnica con la que hacia su aporte al primer gran equipo del profesionalismo argentino, que fue el mismísimo Antonio Sastre, otro especialista en la metería, el que lo bautizo "Capote" Que en sus propias palabras significaba nada mas que "Gambeta libre"

"Quería decir que había gambeta libre. Con él gambeteábamos hasta cansarnos. Subiendo y bajando la pelota nos olvidábamos de los demás". Recordaba Antonio Sastre.

Era capaz de hacer quince o veinte gambetas en un mismo partido, su dribbling era sensacional y no era morfón. En la cancha, siempre buscaba a su compañero mejor ubicado, aunque hubo un día en el que se olvidó de todos y armó su mejor jugada. ¿Y quien mas para contar aquel gol contra River que el mismo? Por si queremos darnos una idea de lo que era adentro de la cancha, no hay mejor ejemplo que ese gol, y no hay otro mejor calificado que el propio Vicente.

"La jugada la inició el arquero Bello tirándome la pelota con las manos. Primero eludí a Moreno, después a Minella y enseguida encontré otra vez a Moreno. Lo volví a pasar, haciendo lo mismo con Wergifker y Santamaría. Cuando me salió Cuello abrí el balón hacia un costado y tuve que esforzarme para que no se fuera. No daba más. La paré, levanté dos veces la cabeza -como deben hacerlo los buenos jugadores- y vi que entraba Erico pidiéndomela. Lo lógico hubiera sido pasársela y, por eso, Sirni se adelantó y salió del arco. Ahí decidí patear. La pelota le pasó por atrás, pegó en el poste opuesto y entró"
Vicente De la Mata - Toda su vida hizo Capote

Antonio Sastre


Antonio se abría paso a fuerza de gambetas y fina estampa. Un adelantado a su época, Sastre entendió el concepto y la virtud de la polifuncionalidad como el mejor soldado bielsista, décadas antes de que dicha tendencia inundara el panorama global.

"Soy muy respetuoso y un admirador de la gambeta. Es mas: considero que dos gambetas juntas cambian el contenido de un partido, lo despeja, lo oxigena, lo hace mas saludable"

Marcelo Bielsa





"No me gustaba que me robaran la pelota, porque la pelota hay que pelearla y si te la sacan es porque perdiste la pelea. Esos que la pierden y se quedan con los brazos cruzados no deberían jugar. Así era en el potrero, que fue para mí lo que el paraíso para otros"
Antonio Sastre - El hombre orquesta
Y valla que fue un visionario "soldado bielsista" que el mismo Bielsa, y cayendo en las comparaciones odiosas, no queda mas que citarlo a el también, para ver la magnitud que significaba "El Cuila". Polifuncional antes que la Holanda de Michels, bielsista antes que el mismo Bielsa.

...El fútbol para nosotros es movimiento, desplazamiento.
Hay que esta siempre corriendo. A cualquier jugador, y en cualquier circunstancia, le encuentro un motivo para estar corriendo. En el fútbol no existe circunstancia alguna para que un jugador este parado en la cancha"
Macerlo Bielsa

 Ernesto Grillo


A medida que avanzó por la izquierda, la jugada se fue cargando de simbolismo... En esa diabólica gambeta ante los ingleses en la cancha de River, Ernesto Grillo cruzó imaginariamente el río Támesis a pura habilidad, dejó parado como un poste al Big Ben y entró al Palacio de Buckingham como Pancho por su casa.
Es que ese día, Grillo marco con los ingleses un gol de antología, de tal magnitud que fue considerada la fecha como el "Día del futbolista argentino". Es que para coronar una fantástica definición, antes tuvo que dar cátedra de una de sus especialidades: La gambeta.

Se la pedí a Lacasia y me fui. No me acuerdo a cuántos dejé en el camino. Ya en el área, me faltaba ángulo y le pegué arriba: entró entre el hueco que dejó el arquero y el palo. ¿Si le di al arco? Mire, para ganar la lotería hay que comprar un billete...
Ernesto Grillo - Rimaba con Brillo...
En el histórico 0-6 propinado al Real Madrid en su propio estadio, la prensa española, repasando el partido se rendían ante El Rojo diciendo: "El Independiente sigue realizando abundantes gambeteos y malabarismos. Grillo realiza una verdadera exhibición de dominio con el balón"

Pero sus palabras de elogio no se quedaban ahí, un cronista, absorto con el estilo de juego del equipo, escribía:

"Sentíamos el gozo natural de ver sobre el césped un juego bello, trenzado a veces, otras individualista, pero efectivo siempre. Sentíamos -¿por qué no decirlo?- el gozo de ver triunfar al hombre sobre el sistema, a la técnica sobre la táctica, eso ya por desgracia casi olvidado en nuestras canchas..."

Y estas palabras, ese "Hombre sobre el sistema" nos recuerda nada mas ni nada menos que al gran Ernesto.

Raúl Bernao 


Tipo de gambeta indescifrable y constantes desbordes, Bernao era de esos wines que no se movían de su punta. Agarraba la pelota y encaraba, no le tenía miedo al choque. Era un artista de la gambeta, en sentido individual y colectivo. Desde su función de puntero derecho, no era sólo un buen solista que buscaba autoabastecer su ego futbolístico, sino que a sus compañeros les servía su viboreante recorrido con la pelota, y su facilidad para dejar a menudo a la defensa rival desparramada. Era un virtuoso improvisador de engaños y posiciones ofensivas ganadas, solía quebrar la línea de fondo en reiteradas ocasiones, y si se daba la chance, se entremezclaba en el área para definir. 




"Bernao era amague, freno, quiebre y velocidad corta. Si no lo tomaba bien antes de recibir y tenía los dos segundos para girar y encararme, ganaba él"
Silvio Marzolini - El poeta de la derecha

Y si que tenia derecho de hablar el puntero izquierdo boquense, esto es lo que decía otro ídolo de Independiente, Bertoni (Lo decía el y cualquiera que vio visto fútbol) sobre Marzolini, y claro, sobre Bernao, luego de confesar que era su ídolo de la infancia:

Me gustaba su desborde, su habilidad. Cuando jugaba contra Boca y Marzolini, más todavía. Silvio era el mejor tres del mundo, impasable para todos, menos para Bernao, que le daba unos bailes bárbaros. 


Ricardo Bochini


"El fútbol, según Bochini, era de paredes, gambetas y pase profundo, definición simple y concreta que encaja con su personalidad poco ruidosa.  Con paredes y gambetas limpiaba su propio camino de odiosos adversarios"
Decía Jorge Valdano en Woody Allen jugando al fútbol

Lo único cierto es cualquier definición sobre 'El Bocha' se quedaría corta, ya todo esta dicho para este jugador que tenia todas para perder, resultado de un físico que no lo favorita para su profesión, y que por el contrario, contra la lógica y los pronósticos, supo superar las adversidades y ganar todo

La gambeta es fundamental para limpiar el camino y avanzar, para crear la situación de gol. Es la jugada más complicada para el que defiende. Teniendo habilidad y potencia de arranque, no existe sistema que pueda detener a un jugador habilidoso. La gambeta que lastima es la que se hace para adelante, para los costados o para atrás no sirve
Ricardo Bochini

''...Si habrás llenado tantas tardes mustias,
lujoso de arabescos y reflejos
que desataban nudos, mufa, angustias,
o sacaban un gol como un conejo.
Los magistrales quiebres de cintura,
el amague feliz, la gran pirueta,
de esconder la pelota o la locura
de bordar media cancha con gambetas...''
Héctor Negro

 Larga vida a la gambeta. Larga vida a Independiente.
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Ídolos de la Selección


Las dos finales del mundo en las que la Selección Nacional se consagro fueron tenidas de Rojo, pero Bertoni y Burruchaga no fueron los únicos que representaron al paìs y fueron trascendentes para la obtención de títulos o alegrias con la albiceleste.
Acá algunos, de los mas importantes, que supieron defender ambas camisetas como la historia lo marca.

Manuel Seone

Sus goles fueron clave en el Sudamericano de 1925. Como técnico, en 1937, hizo debutar a Vicente De la Mata.

Creyeron que era un dirigente cuando en 1925 llegó a Europa para realizar una exitosa gira con Boca. Los europeos tenían razones para confundirse de esa manera: no podían creer que fuera jugador de fútbol. Sin embargo, La Chancha despejó las dudas en la cancha. No solo era futbolista, sino que también era de los buenos, de esos que deslumbraban en la época amateur. Con su cuerpo excedido en kilos fue un verdadero tanque en el área. Potente, guapo y pícaro para sacar ventajas. Se movía bien en espacios reducidos porque le sobraba calidad para hacerlo.

En la Selección resaltó sobre todo como centrodelantero o entreala izquierdo. Debutó en 1921, anotando tres goles en su primer partido internacional (récord compartido). Fue el goleador (con 6 tantos) en la conquista del Campeonato Sudamericano de 1925. Siguió vinculado a los colores patrios una vez que abandonó los pantalones cortos: lo convocaron para dirigir al equipo nacional. Con él en la conducción, Argentina ganó el Sudamericano de 1937; en aquel torneo hizo debutar a Vicente De la Mata. Fue ídolo en Independiente.


Raimundo Orsi

Tanguero y futbolista, el Mumo amó esas dos actividades. Un wing izquierdo único que luego jugó un Mundial para Italia.

Manos de artista para tocar tan bien el violín. Pies de artista para tratar tan bien el balón. El Mumo, en su vida, tuvo dos pasiones: el tango y el fútbol. Y en las dos materias se dio envidiables lujos: en Amsterdam, durante los Juegos Olímpicos de 1928 (allí consiguió la medalla de plata), Carlos Gardel visitó la concentración argentina y lo invitó a que lo acompañara en un tema; seis años después, en la Italia de Mussolini, se consagró campeón del mundo jugando para el seleccionado local. Ante Checoslovaquia, en la final, señaló el empate que forzó el tiempo suplementario. Su tanto, dicen, salvó varias cabezas (“Vencer o morir”, había sido el mensaje del líder fascista). Fue un wing izquierdo rápido y plagado de destrezas. Con el conjunto nacional ganó el Sudamericano de 1927. Era figura en Independiente pero, tras los Juegos Olímpicos, armó las valijas para desempeñarse en Juventus, donde obtuvo cinco campeonatos. Con Alejandro Scopelli son los únicos que jugaron para Argentina, después lo hicieron para otro país, y volvieron a defender la albiceleste.

Vicente De la Mata

Figura en los años 30 y 40. Indiscutido por su magia para esquivar rivales, dejó su huella al ganar tres Sudamericanos.

Tenía tanta habilidad que era capaz de amagarle a un equipo completo. De hecho, lo hizo en ese gol inolvidable que metió jugando para Independiente, frente a River, en 1939. En estos tiempos de tanta tecnología hubiera dejado pagando a más de un fotógrafo o camarógrafo: nunca se podía saber para dónde iría. Capote daba espectáculo y hacía del estadio un teatro. Con la número 8, en la Selección compartió cancha con Sastre, Cherro, el Chueco García, Minella, Peucelle, Bernabé Ferreyra, Varallo… En 1937, siendo muy joven, dos goles suyos en el desempate ante Brasil (2 a 0) le dieron el torneo continental a la Argentina. En 1946, cuando obtuvo nuevamente el Sudamericano, integró un ataque demoledor junto con Méndez, Pedernera, Labruna y Loustau. También llegó a lo más alto de América en 1945. En Independiente perteneció al gran trío De la Mata-Erico-Sastre. “Adónde va la gente… a ver a don Vicente...”, fue un canto popular de su época. Una particularidad: su hijo, llamado igual, también vistió la celeste y blanca, siendo el primer caso de padre e hijo en la Selección.

Antonio Sastre

Polifuncional por necesidad y por elección, el Cuila maravilló en cualquier puesto y fue clave en el Sudamericano del 37

“Entreala derecho”. “Entreala izquierdo”. “Half derecho”. Las crónicas no mienten: Sastre jugaba en cualquier puesto. Lo más llamativo es que lo hacía bien en todos. Es difícil determinar su verdadera posición, porque se destacaba en cualquiera. Fue el primer gran polifuncional que tuvo el fútbol argentino, y uno de los más completos. Hubo otros antes, en la época amateur, pero ninguno como él: sabía armar juego, sabía gambetear, sabía definir y sabía marcar. 

También cumplió los roles de centromedio, centrodelantero y puntero derecho. En Independiente, sin ir más lejos, integró ataques con De la Mata y Erico. En la Selección, entre otros cracks, con el Charro Moreno, el Chueco García y Masantonio. En el Sudamericano de 1937 le pidieron que fuera una especie de marcador lateral derecho: deslumbró y Argentina se quedó con el título. El Cuila, como le decían, también obtuvo el torneo continental de 1941. Casi al final de su carrera emigró hacia Brasil, para desempeñarse en São Paulo: allí todavía lo recuerdan como “el Maestro” y han hecho un monumento en su honor.

Ernesto Grillo


Le hizo un gol maravilloso a Inglaterra en 1953. En homenaje a esa joyita, cada 14 de mayo se celebra el Día del Futbolista Argentino.

 Burruchaga se convirtió en leyenda por su gol a Alemania Federal en México 86, otro ex Independiente también se hizo bronce por un gol histórico. Mejor dicho, por un golazo. Fue contra Inglaterra, en 1953, en cancha de River. El que se gambeteó a media Corona Británica, definió desde un ángulo cerrado e imposible, y le puso la firma a ese hecho memorable para el fútbol argentino fue Ernesto Grillo, el hombre del gol eterno. Ese gol se rememora cada 14 de mayo: tuvo tanta trascendencia que Futbolistas Argentinos Agremiados instauró esa fecha como el Día del Futbolista Argentino. 

Nacido en La Boca (sus primeras maravillas con una pelota las hizo en el campito de Coronel Salvadores y Carlos F. Melo), curiosamente su primer club fue River. Grillo era 10 pero Peucelle lo ubicó de puntero por la derecha. Como se asfixiaba sobre la raya, pidió el pase y se fue a Independiente. Debutó en Primera en 1949 (Independiente 2 Boca 0) y, tiempo después, irrumpió en el fútbol argentino una de las delanteras más brillantes que existieron: Micheli, Cecconato, Lacasia (más tarde, Bonelli), Grillo y Cruz. Ese quinteto, con Lacasia o con Bonelli, se mudó así, armado como estaba, a la Selección. 

En mayo de 1953, la Selección recibió a los inventores del fútbol en el marco de una gira de Inglaterra por Sudamérica. Hubo un partido el día 14 (los ingleses no lo consideran oficial ya que no pusieron a los titulares) y otro el 17, que se suspendió por lluvia cuando estaban 0-0. Fue en el primero cuando Grillo hizo su obra artística más preciosa dentro de una cancha; sirvió para igualarles momentáneamente 1-1 a los ingleses. Luego, Micheli puso el 2-1 y Grillo, de nuevo, clavó el 3-1 definitivo. Esa tarde hubo 85 mil personas en la cancha de River, aunque si se contaran los que dicen haber visto ese golazo del Pelado, la cifra llegaría al millón. Astuto, con potencia y mucha cintura, fue campeón con Argentina en el Sudamericano de 1955, disputado en Chile. 

En 1957 fue transferido al Milan, donde siguió dando vueltas olímpicas. Alberto J. Armando lo repatrió en el 60 y en Boca obtuvo otros tres títulos. Al final de su vida se dedicó a formar jugadores de Boca en La Candela: hizo sus aportes para que Mouzo, Tarantini, Perotti, Ruggeri y muchos más llegaran a ser lo que fueron. Murió en 1998, en su casa de Bernal, a los 68 años. El cielo reclutó a otro ser humano excepcional.

Jorge Mario Olguín

Excepcional defensor con capacidad goleadora y potente remate de media distancia. Fue titular en el Mundial de Argentina 1978. Injustamente relegado en más de una ocasión, es uno de los futbolistas más brillantes de su generación.

Destacado zaguero de San Lorenzo, con excelente condiciones técnicas para el puesto, fue uno de los jugadores símbolo de la Selección de César Luis Menotti. No recurría al golpe para reducir al delantero rival y tenía dotes para conducir la pelota con la capacidad propia de un volante. Pese a actuar como marcador central en el equipo azulgrana, Menotti lo posicionó siempre sobre el lateral derecho en el conjunto nacional, con el que alcanzó la gloria máxima en 1978: ¡campeón del mundo! No se caracterizaba por sus apariciones mediáticas. El hablaba con su juego distinguido y fue parte importante del equipo. Le pegaba muy bien en los tiros libres y sumó muchos goles por esa vía. Luego del Mundial 82, al terminarse el ciclo de Menotti no volvió a vestir la celeste y blanca, pero sí continuó con su personalidad ganadora: la había mostrado con San Lorenzo, siguió por el rumbo del éxito con Independiente a partir de 1980 y lo reafirmó con Argentinos Juniors, con el que llegó a la cima de América en la Copa Libertadores de 1985.


Daniel Bertoni

Delantero veloz, con olfato de goleador, que anotó el último tanto en la final del Mundial 78 ante Holanda. También estuvo en España 82.

Pensar que casi se queda afuera del Mundial 78… En los 70, Daniel Bertoni sufría por la cuota de suerte que le faltaba con la Selección. Mientras en Independiente formaba junto a Bochini una de las sociedades más estupendas del fútbol argentino, construyendo más paredes que cualquier albañil (juntos ganaron tres veces la Copa Libertadores y una Intercontinental), este Superpibe, como lo denominaron en Avellaneda, a último momento se quedó afuera de Alemania 74, después de estar preseleccionado. 

Parecía que cuatro años después viviría la misma historia por una lesión que sufrió cuando era titular consolidado para Menotti. Perdió su lugar durante algunos partidos y estuvo en duda, pero se pudo recuperar. Primero entró en la lista. Después le ganó el puesto a Houseman y anotó en el debut ante Hungría. Por último, coronó su sacrificio convirtiendo el último gol en la final contra Holanda (3-1). Delantero rápido en las diagonales, hábil y goleador, también integró ese equipazo que no pudo revalidar el título en España 1982. En esa Copa les hizo goles a Hungría y a El Salvador.

Jorge Burruchaga

Socio silencioso de Maradona, fue el autor de uno de los goles más importantes de la historia: el del agónico 3-2 a Alemania en 1986.

Si no es el autor del gol más importante en la historia de la Selección, pega en el palo… El que justamente no pegó en el palo fue ese remate suyo en la final ante Alemania en el estadio Azteca de México, el 29 de junio de 1986, el día que Jorge Burruchaga tocó el cielo con las manos. Fue un pase de Maradona sacado de la galera, una corrida memorable y a pasos agigantados, dos toques con la zurda para adelantarla y seguir manteniéndola bajo control y, claro, una definición notable y genial: cuando vio que Schumacher empezó a salirle, le pegó de derecha, suave pero precisamente, y la pelota, obediente, pasó entre las piernas del arquero alemán y se metió dentro del arco. Y fue el 3-2 definitivo ante una Alemania que no se daba por vencida. Y le dio un título mundial a la Argentina, el segundo de su historia. Y les regaló a los argentinos una alegría imborrable.

¿Quién no gritó ese gol agónico y decisivo? ¿Quién no soñó con esa corrida hacia la gloria del número 7 del equipo de Bilardo? ¿Quién de los que jugó al fútbol no quiso ser Burru en ese instante supremo? En esa final de México 86, la Selección ganaba cómoda con goles de Brown y Valdano. Pero los alemanes, huesos duros de roer, se pusieron 2 2 con dos cabezazos. Y en ese momento, cuando parecía venirse la noche, privó el oficio de esa Selección, la serenidad de Maradona, la categoría de Burruchaga. Mediocampista de Independiente, mirada atenta, clase intacta, personalidad de hierro, fue Burru uno de los socios silenciosos de Diego. 

Surgido en Arsenal y hecho crack en el Rojo, Burruchaga se adaptaba a lo que le pidieran. Y Bilardo, claro, le pedía mil cosas: él se las cumplía una por una. Podía pararse de 8, de 5, de 10, de 11, de cuarto volante, de lo que fuera. En Avellaneda la rompía con Giusti, Marangoni y Bochini. En la Selección se destacaba con Enrique, Batista, Giusti y Olarticoechea, más Maradona y Valdano adelante. En el 86 ya le había hecho un gol a Bulgaria, en la primera fase. Y se encargó de cerrar esa cita mundialista con un canto a la valentía como ese tercer gol a los alemanes.

Cuatro años después, en Italia 90, le marcó un gol a la Unión Soviética y jugó otra final del mundo (ganó Alemania 1-0 y él fue remplazado a los 54 minutos por Gabriel Calderón). Pasó mucho tiempo desde “el” gol de Burru en el 86. Todavía parece estar corriendo a puro suspenso; todavía parece estar festejándolo… 

Ricardo Giusti

El Gringo fue un soldado que siempre le respondió a Bilardo. Si disciplina táctica fue valiosa para gritar campeón en México.

Carlos Bilardo, en declaraciones a El Gráfico, lo incluyó en la lista de los futbolistas con que mejor interpretaron sus ideas. El Gringo era un volante que corría y metía desde el calentamento previo hasta el pitazo final. Valorado por su disciplina táctica y por su solidaridad, se disfrazaba de obrero, y con juego poco vistoso, permitía que los flashes apuntaran a sus compañeros. Fue titular en la primera convocatoria del ciclo bilardista, en 1983, cuando Argentina empató 2-2 con Chile en Santiago. 

Se asentó en la Selección hasta convertirse en una pieza clave para alzar la Copa del Mundo en México 1986, cuando jugó los siete partidos desde el arranque. En ese torneo obedeció tanto al DT que, según la leyenda, Giusti ponía un caramelo en la mitad de la cancha antes del inicio de cada partido por una cábala de Bilardo. 

En Italia 90 participó a partir del último choque de grupos, ante Rumania, pero se perdió la final porque había sido expulsado en la semifinales contra el local. En Independiente, gracias a sus actuaciones, también tocó el cielo con las manos consiguiendo la Copa Libertadores y la Copa Intercontinental el 1984.

Esteban Cambiasso

Identificado con la Selección desde las categorías juveniles, concretó un gol memorable en el Mundial 2006.

Apareció en la exquisita escuela de Argentinos Juniors y enseguida se destacó, al punto de ser uno de los conductores de la Selección Sub 20 que brilló en el Mundial de Malasia 1997 y trajo la Copa, bajo la conducción de José Pekerman. Por sus movimientos en el centro del campo, pronto lo compararon con Fernando Redondo. Con su creatividad, fino trato de la pelota y empuje, siempre con convicción ofensiva, cautivó al Real Madrid desde adolescente y en 1998 llegó a Independiente, donde César Luis Menotti lo hizo debutar días antes de cumplir los 18 años. A fin de 2000 hizo su aparición en la Selección mayor, de la mano de Marcelo Bielsa, y siguió demostrando su talento en el mediocampo. En el Mundial de Alemania 2006 anotó el mejor gol que se recuerde tras una jugada colectiva: marcó ante Serbia y Montenegro para poner el broche a 25 toques consecutivos del equipo celeste y blanco; el segundo de un 6-0 espectacular. Hoy en el Inter de Milán, es el argentino que más títulos conquistó en la historia: 23, superando al histórico Alfredo Di Stéfano, que quedó con 22.

Sergio Aguero

Dos Mundiales juveniles y una medalla de oro olímpica son sus pergaminos. Su gambeta endiablada aún tiene camino por recorrer.

El abuelo de Benjamín hizo su debut en la Primera División argentina cuando tenía 15 años, 11 meses y 20 días. Un récord solo superado por el papá de Benjamín, que debutó con 15 años, 1 mes y 5 días. El abuelo se apellida Maradona y ya transitó todo su recorrido con los pantalones cortos. El papá es Agüero y aún está caminando. Con sus gambetas y sus goles, el Kun (yerno de Diego) avanza por la ruta del éxito. Con el Sub 20 ganó dos Mundiales, privilegio que solo tienen tres futbolistas (los otros son los portugueses Fernando Brassard y João Pinto, en 1989 y 1991). El primer título fue en 2005, en Holanda, donde fue suplente. El segundo fue en 2007, en Canadá, donde fue capitán, goleador del torneo (6 tantos) y el mejor jugador, según la FIFA. Idolo en Independiente y en Atlético de Madrid, este delantero capaz de quebrar cualquier cintura quedó cerca de ingresar en la lista para ir a Alemania 2006. Dos años después, mostrando un gran nivel al lado de Lionel Messi, se colgó la medalla dorada en los Juegos Olímpicos. En 2010 disputó, sin trascender, algunos minutos en la Copa del Mundo de Sudáfrica.

Fuente: Revista El Gràfico


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Woody Allen jugando al fútbol


Woody Allen jugando al fútbol

La mejor definición sobre Ricardo Enrique Bochini lo escribió un futbolista: Jorge Valdano. Recuperamos un maravilloso escrito sobre el Bocha que lo pinta de lleno.

Era Woody Allen jugando al fútbol: un cuerpo insuficiente para cualquier cosa, una cara adecuada para el fracaso, un talento punzante, veloz, inmenso. Era como ese ladrón que ausculta la imposble caja fuerte mientras sus dedos le sacan el secreto a la clave, hasta que de pronto…¡clic!. Sí, señor: un balón jugado por él abría todos los candados defensivos. Le bastaba un toque, un clic. Su cabeza es como una cancha de pueblo, pelada en el centro; su tronco de plastilina, y sus piernas, de alambre. Clara demostración de que en el fútbol el aspecto no hace al ídolo. El Bocha era la reserva espiritual de un fútbol que se nos escapaba de las manos a toda velocidad.

Jugaba con el número 10, número que arrastraba la sospecha, en este caso confirmada, de ser poco trabajador; su pierna era la derecha, pero nunca supo pegarle a la pelota; a lo sumo, la empujaba.

Cabecear, tampoco, porque tenía cuatro pelos y no era cuestión de ponerlos en peligro.  A entrenar no iba mucho, y cuando se decidía llegaba tarde.  No se apresuren a juzgarlo: era un genio que usaba la cabeza para pensar milagros, el pie derecho para hacerlos y el cuerpo  para contarles mentiras a los rivales.  Aun así, ¿cómo explicarle su grandeza a un europeo?

Él era la síntesis del conjunto de vicios y valores más característicos del jugador argentino,  Cierta vez le preguntaron por Johan Cruyff, y su respuesta fue casi una definición: “Corre mucho, pero juega bien”. Es que siempre le pareció una contradicción, además de una extravagancia, que alguien dotado para jugar bien se pusiera a sudar.
quien supo condensar una filosofía popular que prestigia la técnica y la creatividad al tiempo que condena el sacrificio.

El Bocha nunca vio la necesidad, francamente.


LOS GOLES, PARA LOS OTROS


Siempre jugó para el gol, a condición de que fuera otro quien se encargara de meterlo.  En un partido amistoso que la Selección Argentina jugo en Buenos Aires bajo la dirección de César Luis Menotti, nuestro número 10 se cansó de servir goles y sus compañeros se  cansaron de errarlos.  Ya en el vestuario, El Bocha se quejó amargamente: ”A este paso voy a tener que meter los goles yo”.

Hasta ahí podíamos llegar; eso hubiera significado una traición, ya que Bochini sólo metía un gol si no había más remedio. El fútbol, según Bochini, era de paredes, gambetas y pase profundo, definición simple y concreta que encaja con su personalidad poco ruidosa.  Con paredes y gambetas limpiaba su propio camino de odiosos adversarios; con el pase profundo se limpiaba a los compañeros.

Si se tratara de secuencias fotográficas, sería más o menos así.

Primera foto: Bochini, con la cabeza levantada, el balón a sus pies y tres rivales adelante.

Segunda foto: Bochini con la cabeza levantada, el balón a sus pies y tres rivales en el suelo.

Tercera foto: Bochini, tocando el balón.  

Cuarta foto: Un compañero de Bochini se encuentra con dos regalos: el balón y el arco contrario.

Quinta foto: El gol, que como ustedes recordarán, es un trámite que Bochini delega.

En tiempos de grandes migraciones futbolísticas, él eligió quedarse en el país que lo entendia; cuando el negocio estaba en cambiar de club, el prefirió no quitarse la camiseta roja que lo amaba.

*Extracto de un texto publicado origialmente en el diario El País, 1991.


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Muy pocos jugadores son capaces de definir un torneo y un club. Independiente de Avellaneda, el club más laureado de América, y la Copa Libertadores, son lo que son, en gran medida, gracias a la aparición en 1972 de un jugador más bien pequeño, de gesto grave, regate directo y una capacidad para comprender el juego sobrenatural. El Bocha ganó la Libertadores en 1972, 1973, 1974, 1975 y 1984. Hoy, Ricardo Bochini (Argentina, 1954), la leyenda del Rojo, sigue siendo un misterio.

Pregunta. ¿Cómo hacía para conducir y regatear mirando a sus compañeros?

Respuesta. Era natural. Lo que sí practicaba era llevar la pelota lo más pegada al pie y lo más rápido posible. Cuando jugábamos con Bertoni íbamos a los campitos y conducíamos la pelota pegada al pie 50 o 60 metros. Frenábamos y vuelta atrás. También practicábamos jugando de primera. Llevábamos la pelota 50 metros tocándola de aire, con la cabeza, con el pie, sin que se cayera nunca. Por la mañana entrenábamos, y por la tarde íbamos al campito. Teníamos la pelota todo el día. Por eso teníamos tanto dominio.

P. Usted, que es diestro, se hizo famoso por tirar paredes. ¿Le venían mejor los zurdos?

R. Con Bertoni me entendía muy bien. Al Juventus le ganamos así una Copa Intercontinental. Tiramos una pared en el medio de la cancha y yo le hice el gol a Zoff cuando me salió, tocándosela por encima de la cabeza. Yo para las paredes siempre me entendí bien con los derechos: con Bertoni, con Outes, con Burruchaga... Ahora nadie tira paredes. Sólo el Barcelona tira bastante. Tocan de primera. Ta-ta-ta... Van jugando.

P. ¿En qué jugador se siente reflejado ahora?

R. Aimar es bárbaro.

P. ¿De todas las finales que jugó cuáles fueron las más difíciles?

R. En 1972, Universitario tenía un equipazo. Media selección peruana. Antes la Copa era más difícil
porque los mejores jugadores de Suramérica estaban en los equipos. Ahora están en Europa y los que se quedan acá y juegan la Libertadores son más o menos. En mi época los mejores brasileños jugaban en Brasil. Y los uruguayos lo mismo. El año pasado vi la final de Estudiantes con Cruzeiro y Cruzeiro no tenía ninguno en la selección. Cuando jugamos con Cruzeiro en 1974 fue extraordinario. Hicimos un triangular para pasar a la final. Veníamos de perder con Rosario Central, el equipo de Kempes. Y teníamos que ganarle al Cruzeiro en Belo Hoizonte por 0-3. Y fuimos y les ganamos. Jugaba Batata, wing derecho, Palinha, Josinho, Dirceu, el diez, Wilson, Nelinho... Tenían cinco titulares de la selección brasileña. Llegaron tres veces a la final de la Libertadores y la ganaron en 1976. ¡Ahora a las semifinales entra cada equipo! ¡El Once Caldas! ¡El Liga de Quito! ¡Antes esos equipos no existían!

P. ¿Qué recuerda de la final con Colo-Colo en 1973?

R. Era prácticamente la selección chilena. Un equipazo. Galindo, los hermanos Herrera, Ahumada, Véliz, Caszely... ¡Esos sí que hacían paredes! Fuimos a Santiago con Pinochet y por la noche había toque de queda. Si ellos ganaban eran campeones. Y empatamos y fuimos al desempate en Montevideo. Ahí ellos llevaron al arriero y tenían el apoyo de todo Uruguay. De las 60.000 personas que había en la cancha, 50.000 tiraban para Colo-Colo. Porque llevaron al arriero.

P. ¿Qué arriero?

R. El arriero que salvó a los uruguayos supervivientes del accidente aéreo de Los Andes. En Uruguay el arriero era muy querido. Y los chilenos lo llevaron y lo hicieron dar la vuelta por la pista de atletismo. El tipo paseó vestido de gaucho. Y el estadio se vino abajo.

P. ¿Por qué Menotti no lo llevó al Mundial en 1978?

R. Prefirió llevar a Villa y a Alonso. En aquella época en Argentina había muchos 10. Muy buenos jugadores. Ahora están Riquelme y Aimar... Y nada más.

P. ¿Por qué se agotan los 10?

R. Porque los técnicos juegan con carrileros, con tipos que corren... Y jugar de 10 es dificilísimo. Hay que gambetear, hay que meter bien la pelota, hay que jugar en espacios reducidos... Yo diría que tal y como está el fútbol hoy en día habría que jugar con dos 10. No con uno, sino con dos creadores. ¡Como el Barcelona! El Barcelona juega como en Argentina antes. Con toque, con rapidez, con mucha gente llegando al remate. Y yo me pregunto: ¿A quién queremos copiar? Aquí la prensa elogia a jugadores que corren, que van al suelo, carrileros... Maradona cuenta con buenos jugadores: Aimar, Di María, Agüero, Messi... El problema es que nunca los pone a todos juntos. Los periodistas argentinos quieren que ponga a Palermo, para tirarle centros. Y Palermo va a ir al Mundial. ¡Una cosa de locos! ¡Dicen que hay que jugar con un 9 de área! Con Independiente no jugábamos con un 9. Así le ganamos una Intercontinental al Liverpool. Llegábamos todos tocando los delanteros, los volantes, Marangoni, Giusti, Burruchaga, yo... Y después el gol lo hacía cualquiera.





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Antonio Sastre, el hombre orquesta


Antonio Sastre, el hombre orquesta

De delantero, de volante, de defensor y hasta de arquero. El Cuila jugó en todas las posiciones de la cancha y en todas la rompió. Fue ídolo en Independiente y en el San Pablo, y para muchos también el inventor del fútbol moderno en Sudamérica.

El Cuila Sastre en Independiente.
 El primer jugador argentino que encarnó el "fútbol total"
“Yo trabajaba en una fábrica de jabón y cuando salía me iba a jugar al fútbol con mis compañeros. En uno de esos partidos me vio un dirigente de Independiente y me dijo que fuera a probarme en un amistoso contra Lanús, que iba a jugar para los suplentes. Mi ilusión era ver a los jugadores de Primera. Quería conocer a Manuel Seoane, que era mi ídolo. Así que fui, jugué y cuando estaba por empezar el otro partido el Negro me preguntó si me animaba a entrar con los titulares, porque Alberto Lalín estaba lesionado. Yo no lo podía creer, cuando me vino a hablar me di vuelta y miré para atrás para ver si le estaba diciendo eso a algún otro. Al final jugué y desde entonces no salí nunca más”. Antonio Sastre, tal cual explicaba, fue futbolista casi por azar. Gracias a un puñado de factores que se conjugaron para abrirle camino y transportarlo, de manera inmediata, de la jabonería en la que trabajaba a la Primera División de un fútbol argentino que estaba en el umbral del profesionalismo.
Nacido en Lomas de Zamora en 1911, empezó a jugar al fútbol en Progresista de Avellaneda y debutó oficialmente en Independiente el 4 de junio de 1931, contra Argentinos Juniors en La Paternal. Su primera posición fue la de volante por derecha, detrás de Facio, Ravaschino, Constante y Seoane, pero más temprano que tarde comenzó un peregrinaje que lo llevó a ocupar cada rincón de la cancha. Sastre jugó de todo y de todo jugó bien.

Con su liderazgo tácito, se encargaba de mover los hilos del equipo, de ponerle ritmo con sus corridas y de agregarle pausa con sus gambetas. También se convertía en villano cuando era designado para marcar a la figura rival. Fue su voluntarioso talento el que no tardó en transformarlo en el ídolo de los hinchas del Rojo, y él les retribuyó el cariño con el bicampeonato de 1938 y 1939. Independiente ganó ambos Campeonatos de Primera División con un récord goleador que aún no fue superado: convirtió 115 goles en 32 partidos el primer año, mientras que en el segundo hizo 103 en 34. Claro que los intérpretes eran inmejorables en aquella delantera formada por Vicente De La Mata, Antonio Sastre, José Vilariño, Arsenio Erico y José Zorrilla.

Vicente De La Mata, Arsenio Erico y Antonio Sastre,
 la temible delantera de Independiente
 bicampeón de 1938 y 1939 con récord goleador.
Durante sus mejores años también era polifuncional fuera de la cancha, porque al mismo tiempo que jugaba en Independiente trabajaba en una panadería de Flores. Incluso, muchas veces para ahorrarse el boleto del tranvía hasta su casa de Avellaneda, se quedaba a dormir en la cocina, y armaba su cama sobre las bolsas de harina y al calor del horno. Sin embargo, tuvo que cortar con la costumbre en 1937, cuando se corrió la voz de que se lo podía encontrar allí y el local se convirtió en un espacio de culto al que se acercaban los fanáticos para verlo, tocarlo y pedirle consejos. En aquel año, Sastrín, como se lo conocía, había sido una de las figuras de la Selección Argentina en el Sudamericano de Buenos Aires, que la albiceleste había ganado tras derrotar a Brasil 2-0 en el último partido jugado en el Viejo Gasómetro. La curiosidad es que el Cuila jugó todo ese torneo de lateral derecho, y contra los brasileños la rompió anulando a la legendaria ala izquierda compuesta por Tim y Patesko.
“No me gustaba que me robaran la pelota, porque la pelota hay que pelearla y si te la sacan es porque perdiste la pelea. Esos que la pierden y se quedan con los brazos cruzados no deberían jugar. Así era en el potrero, que fue para mí lo que el paraíso para otros”, repetía Sastre, como si se tratara de una declaración de innegociables principios.

En 1941 volvió a ganar el título del Sudamericano, en una edición extraordinaria desarrollada en Santiago de Chile. El motivo era la conmemoración del cuarto centenario de la fundación de la ciudad. No se puso un trofeo en disputa, pero en la actualidad se lo considera un logro oficial. Argentina ganó el torneo con cuatro triunfos en cuatro partidos, y Sastre jugó de volante por derecha, asistiendo al Charro José Manuel Moreno y a Juan Andrés Marvezzi, el delantero de Tigre que resultó goleador del certamen.
El Cuila preparándose para un
partido con la Selección Argentina, con la que ganó
los Sudamericanos de 1937 y 1941.

Un año después cerró su gloriosa estadía en Independiente. El 4 de octubre de 1942, en un empate 2-2 contra Platense, hizo el último de sus 112 goles en el Rojo, y dos semanas más tarde otra igualdad, 1-1 con Boca, marcó su despedida en su partido número 340. Como recuerdo se llevó una montaña de elogios por su capacidad de adaptarse a cualquier función dentro de una cancha de fútbol. Para ese entonces ya había jugado de delantero, de volante, de defensor y hasta de arquero, en dos oportunidades, en reemplazo de Fernando Bello. La primera vez fue contra San Lorenzo, por el Campeonato Argentino, y la segunda frente a Peñarol, en un amistoso. ¿Cómo le fue? Nadie pudo hacerle goles.
Su siguiente aventura lo llevó al San Pablo de Brasil, que se puso en contacto por él por expreso pedido del entrenador Vicente Feola, el mismo que después se consagraría con la selección brasileña en el Mundial de Suecia 1958 y que dirigiría a Boca a comienzos de los sesenta. “Nosotros teníamos un buen equipo, pero necesitábamos un jugador que equilibrase nuestro sistema táctico. Sastre vino e hizo eso. Con él, fuimos campeones tres veces en cuatro años. Les digo a los muchos que no lo vieron jugar que él tuvo la misma importancia que tuvo Zizinho primero y Gerson después, jugadores que vivieron para darle tranquilidad al equipo dentro de la cancha”, recordó tiempo después el técnico paulista.

Sastre llegó a un fútbol brasileño que recién empezaba a abrirse a los futbolistas negros, porque hasta entonces había sido un deporte exclusivo de los inmigrantes europeos. Descentralizados, los torneos eran sólo estaduales y el Campeonato Paulista lo dominaban el Corinthians y el Palmeiras. San Pablo, que no se alzaba con el título desde 1931, soportaba estoicamente las cargadas de todos sus rivales. Una burla popular decía que el Tricolor iba a salir campeón el día que tirase una moneda al aire y cayera parada. Sastre, entonces, se encargó de poner la moneda de canto.


Jugando a las bochas con Roberto Cherro,
otro reconocido crack de la época.
“Cuando llegué a San Pablo –recordaba Sastre– no me pude adaptar rápido. La prensa decía que el equipo había comprado un bondi, que es como ellos le llaman a los tranvías viejos, a los fierros oxidados. Los primeros dos partidos los perdimos y se fue el técnico. Ahí vino Lloreca, y como yo no estaba acostumbrado a entrenar todos los días ni a concentrar antes de jugar, le fui a hablar y me dejó ir directamente los domingos a la cancha, antes del almuerzo. En el primer partido que jugamos con él, contra Portuguesa, ganamos 9-1 y yo metí seis goles”.
Sastrín pronto se destacó como un jugador polivalente y, al igual que había hecho en su momento con el paraguayo Erico en Independiente, se convirtió en un coprotagonista estelar encargado de abastecer a Leónidas, el Diamante Negro, el temible delantero brasileño que fuera goleador de la Copa del Mundo de Francia 1938. El primer año, Sastre llegó a préstamo a cambio de 10 mil pesos argentinos, y finalmente se quedó otras tres temporadas más cuando el San Pablo compró su pase por 30 mil pesos.


Con el Tricolor fue campeón paulista en 1943, 1945 y 1946, y subcampeón en 1944 (el título quedó en manos del Palmeiras). Su fútbol fue la semilla que tiempo después germinó en el suelo de Brasil, para convertirlo en la tierra del jogo bonito. “Los argentinos quieren copiarnos a los brasileños, pero se olvidan de que un argentino vino a Brasil hace veinte años para enseñarnos el fútbol a nosotros. Se llamaba Antonio Sastre”, le contó el técnico Osvaldo Brandao a Juvenal, periodista de El Gráfico, en 1967.

Una de las pocas fotos de Sastre en acción jugando en el ascenso para Gimnasia, con el que ganaría el título de Segunda División en 1947, en un partido contra Defensores de Belgrano.
En 1946 Sastre decidió retirarse y a pesar de las insistencias, en San Pablo no pudieron convencerlo de que continuara. A modo de homenaje, le dedicaron un busto en el ingreso del estadio Morumbi y le organizaron un partido de despedida contra River, que el Tricolor perdió 2-1. El gol lo hizo el Cuila y mientras se cambiaba en el vestuario recibió una visita de lujo. “No sé cuándo vuelve a nuestro país, pero apenas pise Argentina considérese jugador de River. Las cifras del contrato las fija usted”, le dijo Antonio Vespucio Liberti, el presidente millonario. Sastre agradeció la propuesta, pero la rechazó.
Ya de regreso en Argentina, fue a visitar a su amigo Roberto Sbarra y la nostalgia le ganó de mano. Sbarra era el técnico de Gimnasia de La Plata, que luchaba por volver a Primera, y lo invitó a entrenar con el equipo. Sastre aceptó y esa misma tarde abandonó su retiro fugaz para sumarse al Lobo. Jugó una temporada, hizo cuatro goles en 14 partidos y el equipo logró ascender. Ahí sí dejó la actividad a los 36 años.

Una vez retirado, nunca más volvió a relacionarse con el fútbol. Se ganó la vida montando una distribuidora de diarios y también fue dueño de una empresa de seguros. No obstante, la Fundación Konex lo rescató del olvido y en 1980 le otorgó el Diploma al Mérito como uno de los cinco mejores futbolistas de la historia argentina (los otros cuatro fueron Pedernera, Di Stéfano, Maradona y el Charro Moreno). El 23 de noviembre de 1987, a los 76 años, falleció de un derrame cerebral en su casa de Avellaneda.

Para el final queda un trazo de la inigualable pluma de Juvenal, que así despidió a Sastre en la edición 3556 de El Gráfico: “Es una cita obligada, un mojón ineludible, un punto de referencia fundamental para saber que hoy el fútbol argentino es así porque existió alguien llamado Antonio Sastre. Para comprender que Independiente es como es porque alguien llamado Antonio Sastre le dio su estilo, su vocación y su filosofía futbolera. (…) Sin gritos, sin gestos, sin dar nunca la sensación de que mandaba y ordenaba a todos sus compañeros. En el medio de esos dos extremos ´inventó´ el fútbol moderno. El polifuncional. El hombre de toda la cancha y todas las funciones. El antepasado ilustre de Alfredo Di Stéfano y Johan Cruyff. El creador del fútbol total en Argentina. (…) Vale repetirlo porque siempre se dice que el nuestro es un fútbol con historia. Somos como somos, Independiente es como es, porque allá por los años treinta existió alguien llamado Antonio Sastre”.


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Antonio Sastre, el Primer Polifuncional







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El Hombre de Mimbre - Entrevista al Gran Arsenio Erico



El Hombre de Mimbre - Entrevista al Gran Arsenio Erico

Arsenio Erico en una charla con la revista Goles, en la década del 70. Así pensaba, sentía y hablaba el más grande goleador del Club Atlético Independiente y del fútbol argentino.

El más grande goleador de la historia, entrevista de Raúl H. Molina en la revista "Goles".

“Tenía todo: gambeta, velocidad, tiro, gol… Cabeceaba como un fenómeno. Grito fervoroso de la hinchada de Independiente, arrastró multitudes a las canchas que iban a ver “sus goles”. En una temporada en la que la delantera roja con Maril, De la Mata, Erico, Sastre, Zorrilla, pasó de los 100 goles, el piloto paraguayo hizo la mitad. Grande entre los grandes del fútbol argentino su figura se perpetuó como el más grande goleador de la historia.

Parecía de mimbre. Un hombre de goma. Manejando, tocando la pelota con las dos piernas, gambeteaba siempre hacia adelante, en profundidad. O entraba a la búsqueda del pase en velocidad para tirar y embocar. De arriba era un espectáculo. Saltaba, y en el aire ejecutaba una vuelta o especie de tirabuzón para cabecear hacia abajo, a un rincón, adonde no llegaba ningún arquero. No necesitaba acomodarse. Le bastaba elevarse —siempre por encima de los defensas contrarios— para ubicar el cabezazo que terminaba con la pelota en la red. Hizo goles de toda laya y pelaje. Siempre con su marca inconfundible que, en el transcurso del tiempo que es historia, se conocen como “los goles de Erico”.

Fino, exquisito, piloteó un ataque de Independiente que, siendo grande por su sola presencia, adquirió el carácter de mito del fútbol argentino, esos mitos que por tales no tienen muerte, y porque sus cinco integrantes son vigencia viva y permanente: Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla.

Él vino de Paraguay extraído de la selva del Chaco, en una hora trágica de América, y a las 48 horas “los goles de Erico”, el paraguayo de mimbre que parecía hacer un gol cuando él quería. Por una docena de años pareció ser el dueño del gol, pero todas sus hazañas quedaron minimizadas con su tripleta inigualada de tres temporadas como scorer con cifras sin parangón: 47 goles en 1937, 43 en 1938 y 40 en 1939.
de estar en Buenos Aires era sensación de las canchas e ídolo de hinchada del club de Avellaneda. Después ya no hubo fronteras de colores; sus goles suscitaron una pasión honda en las multitudes que llenaban las canchas para ir a ver

Como a un José Manuel Moreno o un Adolfo Pedernera, como a un Antonio Sastre, o un René Pontoni, como a todos los grandes jugadores argentinos de las décadas del 30 y 40, le faltó a Arsenio Erico el marco incomparable de un Campeonato Mundial. Así como llegó a jugar a Buenos Aires como consecuencia de la Guerra del Chaco, la otra conflagración, la que azotó como un flagelo al mundo, interrumpiendo la disputa de la llamada entonces Copa Jules Rimet, le robó a Erico la posibilidad de haber exhibido todo su talento y la obra exquisita de sus goles en la vitrina del torneo ecuménico. Pero ni esa falencia involuntaria alcanza para borrar la imagen de un jugador excepcional. Un fuera de serie auténtico.

Cuando hoy uno pretende señalar a los mejores centre forwards del fútbol argentino de ahora y de antes, de todos los tiempos, piensa en Pedernera y Pontonl, se acuerda de (Herminio) Massantonio y de Rubén Bravo, y de pronto cae en la cuenta de que no puede dejarlo afuera a Arsenio Erico. ¿Quién se atrevería a cometer semejante barbaridad con un jugador que lo tuvo todo, que hizo de todo, que si el gol no hubiese existido en el fútbol lo habría inventado él? Si no lo hizo fue porque el gol se inventó para Erico.

La presente es una charla de dos horas mantenida con Erico en su casa de Castelar donde hace 15 años formó un hogar feliz con su esposa Aurelia Blanco, a quien Arsenio y sus amigos en la intimidad llaman por Perla. Ella cuenta:

Mari; Zorrilla; Erico; De la Mata
—Yo fui de niña hincha de Independiente. Hasta me hice socia. Iba a todos los partidos, incluso los que jugaba el equipo de reserva los sábados a la tarde. Nunca, sobre todo en esos años en que Arsenio e Independiente eran la atracción mayor de las canchas, falté a un partido. Lo admiré como jugador y años más tarde, cuando lo conocí, admiré también al hombre al punto de unir mi vida con él. Ya tenemos 15 años de matrimonio y vivimos felices desde entonces en esta casa que es nuestra. La gente acá en Castelar es muy buena, y todos, los que lo vieron jugar a Arsenio o los que oyen su historia, nos tratan con cariño y simpatía. ¡Qué me dice, usted, ninguna defensa podía pararlo, y yo en cambio, lo paré en el área del matrimonio…!

Arsenio, que asiste silencioso a la charla entre el cronista y su esposa, esboza apenas una sonrisa para comentar: “Y quiero que sepa, que en la época que yo jugué el fútbol no tenía la tremenda difusión de ahora. Desde luego, no existía la televisión, ni había tanta cantidad de publicaciones especializadas ni tampoco los diarios le daban tanto espacio para contar los partidos y la vida de los jugadores. Hoy es un mundo distinto. En el fútbol se juegan fabulosas cantidades de dinero, y como consecuencia, los jugadores cobran mucho. Tal vez ésta es una de las razones porque el fútbol mismo ha cambiado. Pero yo no critico a los jugadores de ahora; por el contrario, los felicito. Yo llegué a cobrar doscientos pesos mensuales en Independiente más un porcentaje que nos daban de la recaudación por partidos ganados. Para esos efectos, el empate no tenía valor”.

“A veces, con suerte, jugando con River o Boca, cobrábamos 80 ó 100 pesos extras. Y el contrato mayor que firmé fue por 7.500 pesos repartidos en cuotas trimestrales. Hoy perciben millones. Es que los tiempos son distintos. Yo de lo mío estoy conforme. Jugué porque me gustaba y me divertía. Cuando me di cuenta que la cosa ya no iba y que empezaba a aburrirme, largué. En 1947 jugué tres meses en Huracán y dije basta. Hoy no voy a las canchas. No me gusta ver jugar. Sólo veo algo por televisión. Por ella supe de la existencia en estos tiempos actuales de ese fenómeno que fue Pelé…”

Casi al promediar la década de 1930, América entera, al mundo, se conmovieron con el estallido de la con el sacrificio de miles y miles de vidas de lo mejor de la juventud de ambos países. Países hermanos, movidos por resortes e Intereses ocultos, fueron empujados a un belicismo cruel que exigió un tributo permanente de sangre y muerte. La metralla surgida desde la selva chaqueña retumbó en todo el continente y sus ecos envolvieron a todos —combatientes o no— en un clima de congoja y dolor.
“Guerra del Chaco”. Esos absurdos que de pronto toman cuerpo dentro de la razón de la sin razón provocaron un conflicto doloroso entre Paraguay y Bolivia,

Los dos países llamaron a las armas a todas sus reservas. Y la juventud, que siempre es mística y romántica, acudió presurosa y henchida de patriotismo a reconocer banderas. El fútbol paraguayo, que ya contaba con un sólido prestigio continental, registraba entre sus equipos más calificados al del club Nacional. Allí jugaba y ya demostraba su vocación de goleador Arsenio Erico. Joven, bien plantado, asomaba su arrogancia en el área, su facilidad “para irse”, desprendiéndose de todos sus adversarios, para poner la pelota allí, justo en un rincón, como midiéndola, ante la desesperación e impotencia de los arqueros. Patriota como el que más, Erico no pudo desoír el llamado de la patria y se enroló en los cuerpos uniformados que marchaban entre cantos de optimismo hacia el campo de batalla. Le mayoría para morir frente a la metralla inmutable que segaba vidas y abría una herida profunda que hacía sangrar el corazón de América…

LA TRAGEDIA DEL CHACO


Cuarenta años más tarde, sentado en la quietud de! jardín de su casa de Castelar, restañadas las heridas y adormecidos los recuerdos que anidan en su corazón, Arsenio Erico prefiere dejar de lado al ex combatiente del Chaco para contarnos del otro Erico, el ídolo de las multitudes, el jugador estupendo cuyos goles quedaron grabados a fuego como para llenar muchos de los más sensacionales capítulos de la historia y la emoción del fútbol argentino. En la perspectiva del tiempo, sin ampulosidad, como contando la vida de un extraño, el inolvidable piloto rojo va revisando recuerdos:

“Entre toda juventud que hizo el holocausto de su vida en el Chaco, yo fui un afortunado. Por de pronto, sobreviví. Tal vez porque un designio del destino me sacó a tiempo de las llamas del fuego trágico. Una feliz gestión de la Cruz Roja Internacional me permitió desmovilizarme para incorporarme a un equipo uruguayo que, patrocinado por esa noble institución, salló de Paraguay para jugar en las provincias argentinas y en el Uruguay. Se trataba de reunir fondos de socorro para los damnificados de la guerra. Nos fue bien. En todas partes el público nos recibió con simpatía”.

“Corría el año 1934. Fue entonces cuando me encontré con mi amigo Raúl Garat, que tenía fuertes vínculos con directivos del club Independiente. Él les habló de mí y me trajeron a Buenos Aires, llegué un día jueves y al domingo siguiente debuté con la casaca roja nada menos que frente a Boca Juniors. No tuve la suerte de hacer goles, pero parece que impresioné bien. Los jugadores paraguayos ya tenían buen nombre en este país. Por Boca había pasado con su tremenda calidad Fleitas Solich, quien, siendo yo todavía un niño o adolescente, nos entregaba enseñanzas, allá en Asunción, cuando yo comenzaba a jugar en Nacional. Además que cuando yo vine ya estaba bien asentado aquí el prestigio de todos mis compatriotas, que eran mayoría en las filas de Atlanta. Sobre todo, la línea media integrada por Garcete, Munt y Accinelli. Los dos últimos pasaron a jugar en equipos grandes, en tanto que Garcete, que era el mejor, se lesionó de los meniscos y como entonces la ciencia médica no estaba tan adelantada como ahora, debió dejar el fútbol”.

“Es curioso, me acuerdo como si fuera hoy de mi debut y en cambio no tengo memoria de cuál fue mi último partido. Si de aquél tengo como una película en la memoria hasta de quiénes fueron mis compañeros de ese tarde en Independiente: Bello; Lecea y Fazio; Celestino Martínez, Corazzo y Berán; Valentini, Álvarez, yo mismo, Sastre (don Antonio) y Martínez, hermano mellizo de Celestino (*). Al domingo siguiente nos tocó enfrentarlo a Chacarita Juniors, ganamos tres a uno, y ya me reencontré con el arco, siendo el autor de dos goles. Después, bueno, después vino lo que todos saben… La gente me recuerda y en la prensa, ustedes, los periodistas, suelen hablar de mis goles. Algún mérito mío tiene que haber existido, pero nada pudo ser a no mediar los compañeros que la fortuna puso a mi lado”.

ESOS GOLES CON MARCA


“¿Se da cuenta usted que tuve a mi lado durante 10 años a Vicente de la Mata y a Antonio Sastre? ¿Qué me dice de ese par de jugadores? Eran dos fenómenos. Y nunca desertaban, jugaban todos los domingos, temporadas enteras, sin acusar una lesión o buscar un pretexto para no jugar. Todos los jugadores de esa época eran iguales, nadie quería quedarse sin jugar. Transcurrían temporadas completas y jamás se producía una ausencia. Nadie se ha puesto a pensar nunca en la cantidad de grandes insiders que siendo de Independiente no tenían puesto en el primer equipo porque Vicente y Antonio no aflojaban jamás. Fueron muchos”.

A. Sastre; V. De la Mata; A. Erico.
“Y ahora recuerdo de modo especial a Emilio Reuben, que había venido de Vélez Sársfield siendo (Agustín) Cosso y el chileno Iván Mayo, excelente jugador. Lo mismo ocurrió con Antonio Ciraolo, que, tal vez cansado de esperar su oportunidad, aceptó un contrato para irse a jugar a Chile. Y hubo otros más, todos tapados por el talento inagotable de Sastre y De la Mata. Lo propio, se me ocurre, pasó con los punteros. Primero estuvo Vilariño en la punta derecha, y cuando se fue también a Chile, su lugar lo ocupó Maril, que fue el dueño del puesto por muchas temporadas. Y lo mismo ocurrió en el extremo izquierdo con Zorrilla. Pero los que no jugaron, o lo hicieron con intermitencias, no por falta de calidad, sino porque Vicente y Antonio tenían un feudo hecho de su calidad maravillosa, fueron grandes jugadores. Mire que mucha gente se olvida ahora que en esa temporada de 1937, cuando yo alcancé la cifra de 47 goles, el insider izquierdo fue Emilio Reuben, que, como le decía, se fue a jugar a Chile para brillar con luz propia”.
estrella, y conformando un terceto central delantero inolvidable con (Agustín) Cosso y el chileno Iván Mayo, excelente jugador. Lo mismo ocurrió con Antonio Ciraolo, que, tal vez cansado de esperar su oportunidad, aceptó un contrato para irse a jugar a Chile. Y hubo otros más, todos tapados por el talento inagotable de Sastre y De la Mata. Lo propio, se me ocurre, pasó con los punteros. Primero estuvo Vilariño en la punta derecha, y cuando se fue también a Chile, su lugar lo ocupó Maril, que fue el dueño del puesto por muchas temporadas. Y lo mismo ocurrió en el extremo izquierdo con Zorrilla. Pero los que no jugaron, o lo hicieron con intermitencias, no por falta de calidad, sino porque Vicente y Antonio tenían un feudo hecho de su calidad maravillosa, fueron grandes jugadores. Mire que mucha gente se olvida ahora que en esa temporada de 1937, cuando yo alcancé la cifra de 47 goles, el insider izquierdo fue Emilio Reuben, que, como le decía, se fue a jugar a Chile para brillar con luz propia”.

—Ya que mencionó los 47 goles del Campeonato de 1937, ¿cómo fue esa historia de los 43 del año siguiente?

Con el tiempo se ha deformado un poco. No es efectivo de que hubiera existido un premio instituido por una popular marca de cigarrillos para el jugador que en la temporada marcara 43 goles. Ocurrió que en el último partido del torneo nosotros enfrentábamos a Lanús y algunos periodistas amigos se me acercaron al vestuario con una iniciativa: “Mirá, Arsenio, no te pasés de los 43 goles. Si los conseguís nosotros nos vamos a encargar de convencerlos a los fabricantes de estos cigarrillos de la conveniencia que es para el prestigio de su marca, que te acuerden un premio especial”.

“Salí a la cancha pensando que nada podía perder si lograba fijar mi cuota de goles en los 43. Y como me faltaban dos, me conformé con hacer sólo un par. Independiente ganó ocho a uno (**), pero yo me paré en mis 43, y en la semana la idea aquella de los periodistas se tornó realidad; me llamaron de la industria tabacalera y me entregaron una recompensa de dos mil pesos. Una pequeña fortuna para aquellos años. Todo esto ocurrió en 1938. El 39, si mal no recuerdo, fui segundo en la tabla de goleadores, y en 1940 recuperé mi posición de goleador absoluto con 40 goles. Después seguí haciendo goles, pero ya aparecieron hombres como el vasco (Isidro) Lángara, mi compatriota Mellone, Severino Varela. Muchos más, y ya no fue tan fácil adueñarse del liderazgo. Pero no se crea que Independiente perdió su condición de equipo que se caracterizaba por su alta producción. En esa delantera todos hacían goles. Yo acaso tuve más fortuna que otros. En una de esas temporadas Independiente superó los 100 goles y míos fueron casi el cincuenta por ciento. Pero los goles eran de todos, los podía hacer yo, De la Mata, Sastre, cualquiera, pero le pertenecían a todo el equipo a su equilibrio y a su fútbol, que estaba puesto al servicio de la búsqueda constante y la conquista del gol. Era una vocación del equipo…”

LA GOLEADA A LOS BRASILEÑOS


—¿De modo que esa delantera que conformó junto a Maril, De la Mata, Sastre y Zorrilla fue la más grande donde usted jugó?

Erico y Junin (Nacional)
“Desde luego, en lo que toca a un club y al caso específico de Independiente. Pero ahora que usted me lo pregunta, me acuerdo de otra de la que tuve también la gran fortuna de formar parte. Excluya si quiere el nombre del centre forward, que era yo, pero anote los restantes, que esto es historia grande del fútbol argentino: Maril y De la Mata por la derecha, con Pedernera y José Manuel Moreno por la izquierda. ¿Se da cuenta? Ocurrió en 1939. Independiente y River Plate habían acordado la integración de un combinado para realizar una gira por Europa. Nunca pudo ser, porque la guerra mundial lo impidió. Pero no obstante, se concertaron un par de partidos acá, en Buenos Aires, con el combinado de Vasco y Flamengo de Río de Janeiro, que era una virtual selección brasileña. Ellos traían como una amenaza al centro delantero Leônidas, el famoso “Diamante Negro”. En el primer partido les hicimos cuatro goles, y los dirigentes, muy preocupados, ya en el entretiempo, nos recomendaron; “Muchachos, párense un poco, que de otro modo para el segundo partido no va a venir nadie y va a ser nuestra ruina económica”. Igual les ganamos la revancha, aunque con menos goles”.

“Le di la delantera. Es de Justicia recordar al resto de la formación argentina, porque esos partidos En el arco estuvo Bello; luego Fazio y Coletta; Santamaría, Minella y Celestino Martínez. Era tal la cantidad de cracks que un jugador tan fabuloso como Antonio Sastre no tuvo cabida, y como sobraba tanta gente, las directivas de los dos clubes resolvieron enviarlo a jugar a Chile al equipo de “suplentes”. Fue hasta Bernabé Ferreyra. Y usted sabe bien que nunca fue cosa fácil jugar allá en Chile. Si tenían un señor arquero como fue el “Sapo” Livingstone, que después fue figura en el arco de Racing, y delanteros de la calidad de Raúl Toro, que, por lo que recuerdo, fue scorer del Campeonato Sudamericano Nocturno disputado aquí, en Buenos Aires, en 1937. Fue una lástima que la guerra nos haya dejado sin ir a jugar a Europa. Con los jugadores que había podían formarse tres selecciones, y el gran problema consistía en resolver quién se quedaba afuera”.
constituyen uno de mis mejores recuerdos y corresponden a una época maravillosa del fútbol argentino.

“Por lo menos existían tres o cuatro cracks en cada puesto. Y jugar en primera no era broma. Si usted no manejaba los dos pies, no sabía bajar y “matar” una pelota, o no era capaz de colocar un pase a 30 metros, el público y la crítica lo destrozaban. Comprendo que los tiempos y las exigencias han cambiado. Hoy sólo parece regir el imperativo de ganar a cualquier precio, aun en detrimento del fútbol mismo. Yo creo que es una cuestión económica, que supera incluso el propósito y la vocación de los que quieren jugar. Yo no me convierto en censor de nadie, simplemente marcos dos épocas distintas, aquélla, la mía, sin rescate. Tal vez será por eso que ahora no voy a las canchas. No sé. Se trata de un modo de sentir el fútbol, y lo actual no me llega ni me toca. Pero lo respeto. Yo no puedo detener la marcha del mundo ni menos oponerme a los cambios en la existencia humana. Sucedió con todas las actividades del hombre y no veo razón para que el fútbol haya podido escaparse a este proceso. Cada cual vive el tiempo que le corresponde. Yo hice la mía y fui feliz porque jugué el fútbol como lo sentía, lo que me proporcionó diversión y alegría de vivir. Sentí la sensación real del hombre que colmó sus aspiraciones, porque vivió en plenitud, conforme consigo mismo”.

Naturalmente que las piernas maravillosas de Arsenio Erico, aquellas, como su cabeza, que ejecutaron goles que fueron pequeñas obras de arte, no sólo sintieron el paso del tiempo. Están enfermas. De la izquierda lo sometieron hace algún tiempo a una intervención quirúrgica, de la que felizmente se ha ido recuperando lenta pero seguramente. De la derecha sufre de un mal denominado “claudicaciones intermitentes”. Eso lo obliga a un escaso movimiento y a permanecer mucho tiempo sentado. Pero su espíritu se mantiene enhiesto, viviendo la felicidad que le proporciona su hogar y la certeza de que está para siempre en la “galería de la fama”, de los grandes de todos los tiempos.”

Notas:

(*) Independiente formó con: Bello; Fazio y Lecea; Ferrou, Corazzo y Celestino Martínez; Rojas, Álvarez, Erico, Sastre y Adolfo Martínez. Fuente: Historia del profesionalismo, de Pablo Ramírez.

(**) Independiente derrotó 8 a 2 a Lanús, según la "Historia del profesionalismo" de Pablo Ramírez.

Revista Goles

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ARSENIO ERICO, EL GARDEL DEL FUTBOL



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